Prólogo

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Estas páginas han sido creadas para promover la salud tal como lo que es en realidad, al margen de lo que se relaciona con los profesionales médicos y sus diversas intervenciones. Soy consciente de la tendencia a confiar en escritores cualificados en los campos médicos como si fuesen capacitados para proveer comentarios sobre este tema. Paradójicamente, estos escritores nunca han recibido formación en salud. Mi situación de ciudadano sin títulos académicos es ventajosa para presentar una propuesta en beneficio de todo el mundo, sin las limitaciones que experimentan quienes se ganan la vida como parte de la gigantesca industria médica. Salud debería ser la ciencia guía de la humanidad explicando lo que somos, desentrañando los mecanismos del cuerpo que nos hacen felices cuando estamos libres de la enfermedad. No se discute la aceptabilidad de ensanchar el conocimiento científico mediante el uso de microscopios electrónicos para el beneficio de la industria médica, o el uso de radiotelescopios para avanzar la astronomía. El enorme gasto exigido por esas actividades puede o no ser justificado, pero la falta de fondos para una auténtica ciencia de la salud y la formación de sus doctores, es ciertamente trascendente e injustificada. Invertir en la salud podría llenar un vacío agudo en la población mundial, aportando orientación de salud personal e institucional. Me di cuenta de este incoherencia luego de un viaje de Sydney a Melbourne, donde pasé mis vacaciones a principios de 1984. Mientras caminaba por las calles de la capital de Victoria sentí una sensación de hormigueo en los brazos y las manos. Sólo duró unos minutos pero volvió más tarde en ciclos repetidos. Mientras volvía a Sydney el día siguiente, el hormigueo se convirtió gradualmente en un dolor que me hizo casi insoportable asir el volante de mi coche. Tan pronto como llegué al barrio de St. Marys fui a ver a un médico que diagnosticó artritis y me recetó un medicamento antiinflamatorio, a lo que añadió pastillas para dormir al día siguiente para poder descansar durante las noches. El dolor disminuyó, pero tenía que seguir visitando al médico para obtener una nueva prescripción cada vez que me quedaba sin medicación. Un día ingenuamente le pregunté: ¿Cuánto tiempo va a durar el tratamiento? a lo que contestó enfáticamente con: Permanentemente. Me di vuelta como si me hubieran sacudido y salí hacia la acera sin decir una palabra. La duda me abrazó con una fuerte señal, y la medicina de repente aparecía en mi escéptica  pantalla de radar. La única cosa que sabía con certeza era que quería recuperar mi salud, un logro casi imposible ya que no tenía donde ir. Los médicos eran como siempre fáciles de encontrar en cualquier área urbanizada. Consejos de salud, por el contrario, parecían ser el dominio de una gama amorfa de proveedores de medicina alternativa cuyos antecedentes académicos eran variados e inciertos. Una vez más, todos parecían practicar terapias de uno u otro tipo, pero eso no era lo que yo buscaba. Quería consejos sobre cómo adoptar una forma de vida que me permitiese recuperar la salud. Mi raciocinio señalaba que la causa de mis dolores no era falta de sustancias relajantes o antiinflamatorias sino la presencia de algo que quizá debería eliminar. La biblioteca pública en esa misma calle se convirtió en un faro, fiel indicador del rumbo a seguir, aunque sin indicios de cuan lejano sería el lugar de llegada. Era un lugar lógicamente organizado, cuyas secciones de libros que tenían rótulos que representaban a la salud y la medicina como lo que realmente son, correctamente separados. Mi época de vida medicada llegó a su fin. Leí libros que me hicieron consciente de las llamadas enfermedades de la civilización, y artritis era una de ellas. El cigarrillo se convirtió en mi enemigo, en lugar de un inseparable compañero. Aprendí acerca de las calorías y adopté una dieta que consistía principalmente en verduras, cereales y frutas, libre de alimentos procesados. Todo esto implicó un cambio de estilo de vida que expulsó a los dolores y los medicamentos al mismo tiempo. Poco sabía, sin embargo, de los cambios que iba a llevar a cabo hasta el presente, basados en estudios científicos de los últimos años que han contribuido en la creación de métodos para lograr la salud de un modo coherente y eficaz. Ariel Gallo es un ex traductor, dedicado a la investigación y práctica de estilos de vida saludable desde 1984.

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Estas páginas han sido creadas para promover la salud tal como lo que es en realidad, al margen de lo que se relaciona con los profesionales médicos y sus diversas intervenciones. Soy consciente de la tendencia a confiar en escritores cualificados en los campos médicos como si fuesen capacitados para proveer comentarios sobre este tema. Paradójicamente, estos escritores nunca han recibido formación en salud. Mi situación de ciudadano sin títulos académicos es ventajosa para presentar una propuesta en beneficio de todo el mundo, sin las limitaciones que experimentan quienes se ganan la vida como parte de la gigantesca industria médica. Salud debería ser la ciencia guía de la humanidad explicando lo que somos, desentrañando los mecanismos del cuerpo que nos hacen felices cuando estamos libres de la enfermedad. No se discute la aceptabilidad de ensanchar el conocimiento científico mediante el uso de microscopios electrónicos para el beneficio de la industria médica, o el uso de radiotelescopios para avanzar la astronomía. El enorme gasto exigido por esas actividades puede o no ser justificado, pero la falta de fondos para una auténtica ciencia de la salud y la formación de sus doctores, es ciertamente trascendente e injustificada. Invertir en la salud podría llenar un vacío agudo en la población mundial, aportando orientación de salud personal e institucional. Me di cuenta de este incoherencia luego de un viaje de Sydney a Melbourne, donde pasé mis vacaciones a principios de 1984. Mientras caminaba por las calles de la capital de Victoria sentí una sensación de hormigueo en los brazos y las manos. Sólo duró unos minutos pero volvió más tarde en ciclos repetidos. Mientras volvía a Sydney el día siguiente, el hormigueo se convirtió gradualmente en un dolor que me hizo casi insoportable asir el volante de mi coche. Tan pronto como llegué al barrio de St. Marys fui a ver a un médico que diagnosticó artritis y me recetó un medicamento antiinflamatorio, a lo que añadió pastillas para dormir al día siguiente para poder descansar durante las noches. El dolor disminuyó, pero tenía que seguir visitando al médico para obtener una nueva prescripción cada vez que me quedaba sin medicación. Un día ingenuamente le pregunté: ¿Cuánto tiempo va a durar el tratamiento? a lo que contestó enfáticamente con: Permanentemente. Me di vuelta como si me hubieran sacudido y salí hacia la acera sin decir una palabra. La duda me abrazó con una fuerte señal, y la medicina de repente aparecía en mi escéptica  pantalla de radar. La única cosa que sabía con certeza era que quería recuperar mi salud, un logro casi imposible ya que no tenía donde ir. Los médicos eran como siempre fáciles de encontrar en cualquier área urbanizada. Consejos de salud, por el contrario, parecían ser el dominio de una gama amorfa de proveedores de medicina alternativa cuyos antecedentes académicos eran variados e inciertos. Una vez más, todos parecían practicar terapias de uno u otro tipo, pero eso no era lo que yo buscaba. Quería consejos sobre cómo adoptar una forma de vida que me permitiese recuperar la salud. Mi raciocinio señalaba que la causa de mis dolores no era falta de sustancias relajantes o antiinflamatorias sino la presencia de algo que quizá debería eliminar. La biblioteca pública en esa misma calle se convirtió en un faro, fiel indicador del rumbo a seguir, aunque sin indicios de cuan lejano sería el lugar de llegada. Era un lugar lógicamente organizado, cuyas secciones de libros que tenían rótulos que representaban a la salud y la medicina como lo que realmente son, correctamente separados. Mi época de vida medicada llegó a su fin. Leí libros que me hicieron consciente de las llamadas enfermedades de la civilización, y artritis era una de ellas. El cigarrillo se convirtió en mi enemigo, en lugar de un inseparable compañero. Aprendí acerca de las calorías y adopté una dieta que consistía principalmente en verduras, cereales y frutas, libre de alimentos procesados. Todo esto implicó un cambio de estilo de vida que expulsó a los dolores y los medicamentos al mismo tiempo. Poco sabía, sin embargo, de los cambios que iba a llevar a cabo hasta el presente, basados en estudios científicos de los últimos años que han contribuido en la creación de métodos para lograr la salud de un modo coherente y eficaz. Ariel Gallo es un ex traductor, dedicado a la investigación y práctica de estilos de vida saludable desde 1984.

Prólogo

Estas páginas han sido creadas para promover la salud tal como lo que es en realidad, al margen de lo que se relaciona con los profesionales médicos y sus diversas intervenciones. Soy consciente de la tendencia a confiar en escritores cualificados en los campos médicos como si fuesen capacitados para proveer comentarios sobre este tema. Paradójicamente, estos escritores nunca han recibido formación en salud. Mi situación de ciudadano sin títulos académicos es ventajosa para presentar una propuesta en beneficio de todo el mundo, sin las limitaciones que experimentan quienes se ganan la vida como parte de la gigantesca industria médica. Salud debería ser la ciencia guía de la humanidad explicando lo que somos, desentrañando los mecanismos del cuerpo que nos hacen felices cuando estamos libres de la enfermedad. No se discute la aceptabilidad de ensanchar el conocimiento científico mediante el uso de microscopios electrónicos para el beneficio de la industria médica, o el uso de radiotelescopios para avanzar la astronomía. El enorme gasto exigido por esas actividades puede o no ser justificado, pero la falta de fondos para una auténtica ciencia de la salud y la formación de sus doctores, es ciertamente trascendente e injustificada. Invertir en la salud podría llenar un vacío agudo en la población mundial, aportando orientación de salud personal e institucional. Me di cuenta de este incoherencia luego de un viaje de Sydney a Melbourne, donde pasé mis vacaciones a principios de 1984. Mientras caminaba por las calles de la capital de Victoria sentí una sensación de hormigueo en los brazos y las manos. Sólo duró unos minutos pero volvió más tarde en ciclos repetidos. Mientras volvía a Sydney el día siguiente, el hormigueo se convirtió gradualmente en un dolor que me hizo casi insoportable asir el volante de mi coche. Tan pronto como llegué al barrio de St. Marys fui a ver a un médico que diagnosticó artritis y me recetó un medicamento antiinflamatorio, a lo que añadió pastillas para dormir al día siguiente para poder descansar durante las noches. El dolor disminuyó, pero tenía que seguir visitando al médico para obtener una nueva prescripción cada vez que me quedaba sin medicación. Un día ingenuamente le pregunté: ¿Cuánto tiempo va a durar el tratamiento? a lo que contestó enfáticamente con: Permanentemente. Me di vuelta como si me hubieran sacudido y salí hacia la acera sin decir una palabra. La duda me abrazó con una fuerte señal, y la medicina de repente aparecía en mi escéptica  pantalla de radar. La única cosa que sabía con certeza era que quería recuperar mi salud, un logro casi imposible ya que no tenía donde ir. Los médicos eran como siempre fáciles de encontrar en cualquier área urbanizada. Consejos de salud, por el contrario, parecían ser el dominio de una gama amorfa de proveedores de medicina alternativa cuyos antecedentes académicos eran variados e inciertos. Una vez más, todos parecían practicar terapias de uno u otro tipo, pero eso no era lo que yo buscaba. Quería consejos sobre cómo adoptar una forma de vida que me permitiese recuperar la salud. Mi raciocinio señalaba que la causa de mis dolores no era falta de sustancias relajantes o antiinflamatorias sino la presencia de algo que quizá debería eliminar. La biblioteca pública en esa misma calle se convirtió en un faro, fiel indicador del rumbo a seguir, aunque sin indicios de cuan lejano sería el lugar de llegada. Era un lugar lógicamente organizado, cuyas secciones de libros que tenían rótulos que representaban a la salud y la medicina como lo que realmente son, correctamente separados. Mi época de vida medicada llegó a su fin. Leí libros que me hicieron consciente de las llamadas enfermedades de la civilización, y artritis era una de ellas. El cigarrillo se convirtió en mi enemigo, en lugar de un inseparable compañero. Aprendí acerca de las calorías y adopté una dieta que consistía principalmente en verduras, cereales y frutas, libre de alimentos procesados. Todo esto implicó un cambio de estilo de vida que expulsó a los dolores y los medicamentos al mismo tiempo. Poco sabía, sin embargo, de los cambios que iba a llevar a cabo hasta el presente, basados en estudios científicos de los últimos años que han contribuido en la creación de métodos para lograr la salud de un modo coherente y eficaz. Ariel Gallo es un ex traductor, dedicado a la investigación y práctica de estilos de vida saludable desde 1984.
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